El fetiche por sufrir y la superioridad
Hay algo medio extraño en la forma en que la cultura del café de especialidad aprendió a contarse. Y no es tanto que haya algo en el café como que siempre haya que demostrar que en el fondo de todo eso hay conciencia, sacrificio, profundidad y una actitud correcta ante el mundo.
Es que empiezan a repetirse los mismos discursos con los que todos nos hemos topado millones de veces. Cuántas veces no escucharemos "trabajamos directamente con los productores", "creemos en las relaciones transparentes", "seleccionamos cuidadosamente solo lo mejor", "respetamos el trabajo detrás de cada taza", "el café especialista es un café cuidado desde origen", y cientos de versiones similares.
Porque sí claro, detrás de cada uno de esos discursos a veces existe mucho trabajo real, relaciones genuinas y compromisos importantes. El problema es que con el tiempo los discursos empiezan a parecer más importantes que las relaciones mismas.
Con el tiempo el nicho empezó a aprender a convertir la sensibilidad en estética y a transformar esa estética en validación de modo que el productor es presentado a cada momento como la figura del hombre de lucha, de lo auténtico, de la dedicación, de la conexión con la tierra, o de lo puro y agricultural.
Todo eso mientras las dificultades cotidianas de la caficultura quedan siempre fuera del cuadro: el agobio, las malas cosechas, la deuda, la migración, la necesidad de financiación, la fatiga física, la incertidumbre y simplemente la necesidad de trabajar para producir café porque se necesita trabajar, no porque se viva en la eterna postal neblinosa y boscosa.
Como resultado el café se empieza a asociar con una cierta clase de sufrimiento simbólico necesario para darle validez.
Parece que cada taza necesita ir acompañada de un sufrimiento, de una dificultad, de una romantización de la precariedad y de una culpa moral para considerarse verdaderamente compleja.
Con la ayuda de las redes sociales esta tendencia se empujó aún más gracias a la preferencia del algoritmo por las historias con más gancho y fáciles de digerir: un buen productor, un café consciente, un consumidor sensible, un café ético y una experiencia de alto nivel.
Para empezar, todo esto encaja en una estética perfectamente curada del "café de especialidad" que incluye cafeterías silenciosas, rituales lentos, manos tatuadas preparando un V60 como parte de la solución a una crisis espiritual, encabezados sobre la presencia, calma, intención y conexión humana con toda su perfección visual pensada especialmente para verse bien en Instagram.
Como si la perfección del café se debiera un poquitito a sufrirlo.
Lo más extraño es que toda esta performatividad termina apelando sobre todo a la sensibilidad y experiencias de consumidores urbanos aspiracionales o inclusive a miembros del nicho pero definitivamente no al contexto real de los productores y el territorio donde el café se cultiva.
En muchos aspectos la caficultura cotidiana de México se distancia mucho de esa estética limpia y reflexiva aprendida de otras geografías. La realidad del café en México resulta mucho más contradictoria y complicada con su ruido, su improvisación, su trabajo manual, su economía informal, largas sobremesas, sus cafeterías improvisadas, café instantaneo, mala extracción de espresso, ollas hirviendo y personas bebiendo café solo para soportar su jornada laboral y no por su búsqueda espiritual.
Incluso así y a pesar de todo, hay todavía una extraña insistencia en formar parte de esa sensibilidad mundial particular a tal punto que la mayoría de los proyectos siguen comunicándose con las mismas palabras, mismos interiores, mismos manifiestos suaves y una misma actitud cuidadosamente correcta.
Como si tales fueran un idioma obligatorio para pertenecer al nicho.
Eso también demuestra por qué tantos discursos de café que uno ve en las redes sociales suelen sonar tan dogmáticamente seguros de sí mismos. Todo el mundo siente que debe definir qué es y no es un "buen" café, qué es bueno y malo hacer con él, cómo se debe tomar, qué técnicas son las mejores, qué significa el consumo responsable y la apreciación correcta.
Entre todas estas cosas aparecen multitudes de artículos diseñados para aprovechar rápidamente cualquier frustración personal de los consumidores: todo lo que uno está haciendo mal, el problema del café comercial, los motivos por los cuales jamás se debería… y la verdad sobre…
A pesar de todo esto hay también muchas, en serio, muchas personas experimentadas con una relación mucho más relajada con todo eso. No porque les sea indiferente el café, sino porque entienden sus contradicciones y saben que a la hora de la verdad no hay respuestas absolutas.
El café cambia, las personas lo perciben distinto, los contextos influyen, el mercado es ambiguo con lo que tiene y quiere y que tampoco cada taza tiene por ahí la responsabilidad de solucionarlo todo.
Quizá por eso las conversaciones más interesantes sobre café suelen llevarse a cabo sin ningún ápice de superioridad moral ni performatividad cultural. Suelen ser charlas entre amistades profundamente familiarizadas con el oficio y que ya no necesitan probarle nada a nadie.
Viendo cómo el café puede llegar a ser tan complicado, tan sensible, tan técnico y contradictorio… al final, uno solo quiere sentarse, tomar una taza y seguir con su vida.
Se vale respirar con libertad de vez en cuando (˵ ͡~ ͜ʖ ͡°˵)
